Perdón por el abandono

He tenido este blog abandonado un largo tiempo. No entiendo que alguien abra un blog para dejarlo sin actividad. Y además en mi caso es aún peor, pues publico una columna semanal en la sección de Deportes del diario SUR de Málaga. Es decir, que me valdría con volcar ese texto que ya hago para otra publicación para mantener un mínimo de presencia aquí. Sin saber por qué, un día dejé de publicar las columnas en joaquinmarind.wordpress.com, tal vez porque el periódico sólo las difunde en su versión papel y me contagié de esa ausencia virtual, o como sea que se define este espacio de internet. El caso es que ahora mismo, en este momento, tengo la intención de volver a publicar esas columnas aquí. Así que a continuación aparecerá la que he escrito para el jueves 13 de junio de 2013, titulada ‘Socio 2.186’. Me comprometo a intentar recuperar después todas las que faltan y reproducirlas para que estén en el ciberespacio. Tal vez alguien se equivoque un día y entre por aquí. Hasta entonces, supongo.

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21 días hábiles

Desde hoy empieza una cuenta atrás de 21 días para el partido de vuelta de los octavos
de final de la Champions entre el Málaga y el Oporto. Tres semanas en las que habrá
tiempo para analizar por qué el equipo de Pellegrini jugó tan rematadamente mal en Do
Dragao y por qué en ningún momento dejó entrever su identidad. Esa misma que le ha
convertido en un grupo tan competitivo como para tener contra las cuerdas al Barcelona
en la Copa del Rey, ganarle al Real Madrid o convertirse en el mejor debutante de la
historia de la principal competición continental.

Todo cuenta para este propósito. Empezando por la actitud, que no se debe confundir
con las indudables ganas de ganar; siguiendo con el aspecto físico, que visto lo visto
el martes por la noche tal vez obligaría a realizar en estas tres semanas un trabajo
específico que igualara algo más las fuerzas; y terminando con el aspecto táctico,
que libere a Isco y Joaquín del acoso que les impidió tocar apenas un balón con mala
idea. El resto está garantizado: el apoyo de una Rosaleda entregada y la ausencia de la
camiseta verde fosforito, sinónimo de derrota, que debería ser descartada ya de una vez
por fea, por gafe y porque parece un pijama de verano.

En puridad, el resultado con el que el Málaga se volvió de Portugal es bueno. Decir
esto puede parecer una equivocación, pero su inferioridad sobre el césped fue tal que
un marcador en principio tan malo para una eliminatoria como el 1-0 se convierte
en favorable. El de Do Dragao fue el partido tonto de la temporada. Tiene que ser
forzosamente así.

La batalla también es psicológica. Los jugadores portugueses pensarán, no sin razón,
que dejaron al Málaga vivo. Que su exhibición de superioridad sólo se tradujo en un 1-0
y en fuera de juego. Que los de Pellegrini son buenos, porque lo son. Y que La Rosaleda
será para ellos una plaza desagradable, con la gente muy encima, loca con su equipo,
que hace virtud de la necesidad. Y los futbolistas, con la camiseta blanquiazul puesta.

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Primos lejanos

Sólo la presencia de un entrenador algo ‘cagueta’ como Carlo Ancelotti y la enésima
locura de un jugador tan bueno pero autodestructivo como Ibrahimovic impidieron que
el Paris Saint Germain acabara el martes por la noche con su eliminatoria de octavos
de final de la Champions ante el Valencia. El 1-2 final, resultado que podríamos firmar
para el Oporto-Málaga de la semana que viene, apenas alarga un poco más la resolución
de un duelo claramente desequilibrado por la calidad general de las plantillas.

Son tiempos extraños en los que puede parecer fuera de lugar darle importancia al
fútbol, o mejor dicho, al dinero del fútbol. Pero a nadie escapa que este deporte es una
buena válvula de escape (aunque no debiera ser un narcótico) para esquivar un poco, un
rato, las miserias cotidianas que amargan la existencia de la gente.

Por eso, cuando uno ve el partido del Paris Saint Germain y su nómina de estrellas
compradas a golpe de talonario por el jeque Tamim bin Hamad Al Thani -sí, primo del
propietario del Málaga-, no puede esconder un pequeño lamento. No diremos que nos
ha tocado el miembro de la familia pobre, ya que ese adjetivo no puede usarse con la
estirpe real de Catar y allegados; pero sí, al menos, el que ha demostrado tener escaso
interés por el fútbol, o el que se ha aburrido antes, o al que le han dicho que todo lo que
se debe invertir en Europa por este concepto ya lo está gastando el primo en Francia.

La realidad del Málaga discurre por dos caminos paralelos que a veces se tocan y
generan un pequeño incendio. Por ejemplo, cuando la situación económica obliga a
vender a un jugador de primera clase como Monreal -y como los que compra el Al
Thani de París- y Pellegrini dice que es una mala noticia para la aspiración deportiva del
club. Sin embargo, el técnico chileno está logrando que esas chispas surjan poco, lo que
demuestra dos cosas: que es el principal activo de este equipo y que ni todo el dinero de
Catar es garantía de tener un buen entrenador.

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Esta noche

Esta noche hay partido en La Rosaleda. Normalmente no importa el rival ni la hora. Ni el día de la semana. Tampoco si llueve o hace un frío inaguantable, o un viento huracanado. Incluso es intrascendente el momento deportivo, el lugar en la clasificación, el entrenador o los jugadores. Quiero decir que para los malaguistas sólo debe cumplirse una condición para ir al estadio: que juegue el Málaga. Pero esta noche es distinto.

Esta noche el Málaga puede hacer historia si elimina al Barcelona de la Copa del Rey y se mete en las semifinales. En el imaginario colectivo del fútbol nacional está instalado el pensamiento único de que derrotar al fenomenal equipo catalán es imposible. Ganarle un partido parece una quimera, una casualidad que en las últimas temporadas sucede menos de cinco veces. Con semejante tara previa, seguramente nadie se atrevería a siquiera imaginar la remota posibilidad de derrotar a los azulgrana en una eliminatoria a doble partido. Pero esta noche eso es posible.

Huir de los lugares comunes es siempre un ejercicio sano. Malgastar líneas en repetir que no será fácil no merece la pena. Hablemos de lo que queremos soñar, de lo que deseamos, y no de lo que por evidente resulta repetitivo, cansino, fastidioso. No parece muy apropiado recordar que el Barcelona ha jugado tres de las últimas cuatro finales de la Copa del Rey, ni que tiene a los mejores, ni que posiblemente saldrá con su equipo de gala porque el Málaga le ha metido el miedo en el cuerpo.

Es preferible animar a ir al campo a los malaguistas, que sólo han saboreado una semifinal copera una vez antes en la historia del fútbol español. Y hace tantos años de aquello que muchos de los que estaremos esta noche en La Rosaleda ni siquiera habíamos nacido. Es más agradable pensar que puede suceder, y que las 25.000 entradas vendidas son 25.000 ejercicios de fe de quienes creemos en ello.

Si tiene que pasar algo inolvidable hoy, estemos allí. Con ilusión y una pizca de miedo, para presenciar lo que muchos piensan que es imposible. Esta noche, como dice el himno, vamos a La Rosaleda.

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La vieja camiseta

Una camiseta por la que pasan los años en un armario no es un Dorian Gray que envejece en el lienzo. Al principio puedes pensar que sí, pero cuando transcurre el tiempo y miras una vieja foto te das cuenta de que la maldición no funciona contigo. Hace mucho que dejaste de ser el chaval imberbe que compraba la entrada en pesetas, minutos antes del inicio del partido, sabedor de que el campo no se llenaría ni a la mitad, ignorante de los nombres de los jugadores rivales; seguro de que tu equipo, tras ese domingo, seguiría siendo irrelevante.

Hubo un tiempo en que en tu clase sólo había dos malaguistas militantes: Javi y tú. Los lunes surgía el debate entre una hora y otra, en voz baja, a la sombra de quienes alababan a Laudrup, Romario o Zamorano. Hablar del último empate en Adra no tenía interés, como apenas tampoco los partidos, donde sólo las patadas podían ser consideradas de máxima categoría. La única certeza que teníamos era que eso se llamaba malaguismo. Era una mala racha que había empeorado a constante, pero ya se sabe que a los sentimientos no se puede oponer la racionalidad porque lo racional acabará, tras firme decisión, en el cajón de las locuras.

Echas la vista atrás un rato y han pasado casi veinte años. Abres el cajón y la vieja camiseta ha envejecido mucho mejor que tú. Tanto que mantiene los dobleces y la etiqueta, los colores no se han rebajado y hasta huele a nueva. El número se ha pegado a sí mismo, el siete. No tiene nombre, pero no hace falta decir que esa camiseta con esos colores y ese número siempre será de aquel chico de Fuengirola. Pretendes volver al espejo, pero te acuerdas de Dorian Gray y la maldición. Y piensas que es mejor que el tiempo haya pasado por ti, y no por la vieja camiseta, que en realidad está nueva. Has vivido.

Eran tiempos en los que no tenías reparos en pintarte la cara de blanquiazul y pensar que siempre serías joven. Tú cambias, pero la camiseta sigue siendo la misma. Eso debe ser el malaguismo.

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‘Fair play’ verbenero

El mejor trilero es el que te toma el pelo a la cara, diciéndote que el juego en el que te
está timando es legal y justo. Adorna además su falsa integridad con una crítica feroz
a otros supuestos desalmados que engañan a la gente, con quienes marca una distancia
moral para intentar convertirse en aspirante a yerno perfecto.

Hay muchos ejemplos de quienes han caído por sucumbir a la avaricia o relajarse ante
el rigor de las leyes. Pero es más raro ver a quienes dictan sus propias normas y luego
las incumplen según convenga. Es el caso del ínclito Michel Platini, presidente de la
UEFA, cuyo ‘fair play’ financiero es un auténtico cachondeo que no soporta un mínimo
análisis crítico.

Esta invención de Platini establece que un club no puede gastar más de lo que genera.
Perfecto. Pero el estado de Qatar, por ejemplo, controla el Paris Saint Germain a través
de su Fondo Soberano de Inversión. El diario alemán Bild, que no es un panfleto sino
el periódico más leído del continente, ha publicado que el hijo de Platini, Laurent,
es director en Europa de Qatar Sports Investment, que inyectará 200 millones de
euros al año en el club francés durante las próximas tres temporadas. Toma ‘fair play’
verbenero.

“Me dan asco quienes vienen al fútbol sólo para ganar dinero, pero a los que lo traen
para el desarrollo del deporte hay que abrirles la puerta”, dijo hace poco Platini.
¿Hablamos de Gazprom, empresa energética participada por el gobierno ruso, dueña del
Zenit San Petersburgo, que ha pagado 100 millones en fichajes y que es patrocinadora
oficial de la UEFA? Y no queda ahí la cosa: el presidente del Zenit y el propietario de
Gazprom son la misma persona.

El Málaga, única víctima de Platini, eliminó al Zenit de la Champions en el césped,
pero la UEFA se planteó sacar del sorteo de octavos de final al equipo blanquiazul y
colar vergonzosamente al Zenit de Gazprom. Reglas verbeneras a medida. Al menos la
UEFA ha tenido el acierto de renunciar a su antiguo eslogan, ‘We care about football’
(‘Cuidamos del fútbol’). Eso sí que daría asco, Platini.

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El año de la razón

El año que estrenamos con estos días de resaca –curiosa forma de iniciar los eneros- tendrá que ser forzosamente el de la estabilización para el Málaga. Hace décadas, el filósofo José Luis López Aranguren, que abandonó este mundo en 1996, dijo que el siglo XXI sería el de la razón o no sería. El debate sobre quién va ganando, si la razón o la nada, da para otro artículo, bastante pesimista por cierto, y de temática no deportiva. Pero esta sentencia se puede trasladar al tema futbolístico y hacer una afirmación parecida.

El Málaga se juega desde ya buena parte de su futuro. Vivir el mejor momento deportivo de la historia no garantiza que en los despachos el asunto vaya a la par. Desgraciadamente, o tal vez afortunadamente, en esta ciudad ya hemos visto la implosión del club por culpa de una gestión lamentable. No quiere ello decir que estemos vacunados; antes al contrario, deberíamos tener una hipersensibilidad especial ahora que hay problemas institucionales preocupantes.

No estamos en el mismo escenario que hace dos décadas, cuando el equipo murió abandonado, sino en el mejor momento que hayamos vivido nunca. La Champions, un entrenador de los mejores del mundo, estrellas internacionales que pasean la camiseta blanquiazul por Europa… El desagravio para los malaguistas tras toda una vida de sufrimiento ha sido pleno, y lo mejor es que sigue, con una cita marcada en rojo: Oporto, 19 de febrero, partido de ida de octavos de final de la Liga de Campeones.

En el mismo paquete de ilusión y compromiso de la afición va la parte tóxica de impagos, retrasos en el acuerdo con Hacienda y sobre todo la sanción de la UEFA, auténtica estocada pescuecera, de las que dan los toreros malos y cobardes, que compromete el futuro inmediato.  Iniciativas como el Manifiesto por el Málaga han logrado evidenciar el apoyo de muchos ciudadanos al equipo –se persigue sólo un gesto que algunos son incapaces de hacer- y decirle a la propiedad que cumpla ya sus compromisos. 2013 tiene que ser el año de la razón para el Málaga, en todos los sentidos. La otra opción es mejor no pensarla.

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