Socrates, un futbolista diferente

La conciencia colectiva brasileña tiene dos monstruos que perturban sus lindos sueños futbolísticos. Uno, el principal, el de los colmillos más afilados, es la derrota en la final del Mundial de 1950 ante Uruguay en casa, en Maracaná, el templo del fútbol, con 200.000 personas en las gradas. Cuentan las crónicas de la época que hubo suicidios después de aquello. Y otro, más reciente, en 1982, conocido como la ‘Tragedia de Sarriá’, cuando la probablemente mejor selección canarinha de todos los tiempos, con permiso de la de 1970, faltó a su cita con la historia.

Era el Mundial de España 82. Barcelona, mes de julio. 35 grados. Esa tarde, en un estadio que ya no existe, dos equipos que ya no existen jugaron uno de los partidos más hermosos que se recuerdan. El Brasil de Junior, Cerezo, Falcao, Eder, Zico y Socrates perdió una batalla imposible frente a una Italia sorprendente que alumbró el mito de Paolo Rossi. El 3-2 final aún decora el marcador del viejo campo de la carretera de Sarriá. Un marcador que ya no existe, pero que aquel día resumió uno de los cuentos más bonitos que alguna vez haya dado el fútbol.

Cuentan quienes vieron el partido que esa tarde Brasil perdió víctima de su confianza. La certeza de ser el mejor equipo del mundo, si no el de todos los tiempos, la derrotó. Hasta entonces cada partido no había sido más que un trámite necesario para luego mirar a lo más alto de la grada y comprobar en el marcador que, efectivamente, la verdeamarelha había ganado. No podía ser de otro modo.

Esa tarde, en ese estadio que ya no existe, había un futbolista distinto a todos los demás. Socrates no era sólo un excepcional centrocampista de 1,90 metros con un 37 de pie que hacía diabluras con la pelota. También era un demócrata militante y doctor en Medicina. Un intelectual en el más amplio sentido de la palabra. Había impuesto con sus innegables dotes de liderazgo la democracia interna en su club, el Corinthians, hasta el punto de que las alineaciones de cada partido se decidían mediante votación. Valía lo mismo la opinión del presidente que la del último chaval recién llegado para recoger los balones tras los entrenamientos. En aquella época, en su Brasil natal, un club de fútbol era más democrático que el país, donde no había elecciones libres para elegir al presidente.

Socrates aprovechaba el altavoz del fútbol para explicar y difundir sus ideas políticas. Su exigencia de democracia para Brasil, bajo la dictadura de Figueiredo, la representaba con una cinta blanca en la frente que se ponía para jugar. Al principio se lo permitieron y después se lo negaron, como si una cinta blanca en la frente fuera lo mismo que un fusil al hombro. Mientras pudo hacerlo aprovechó todas las ocasiones, sobre todo cuando se enfundaba la canarinha, porque sabía que esa camiseta atraía por sí sola la atención de los medios de todo el mundo. En un deporte, el fútbol, de becerros de oro, de idolatrías baratas, Socrates animaba a sus compañeros de profesión a formarse y estudiar. Solía decir que las declaraciones de los futbolistas eran más escuchadas y difundidas que las de los presidentes de los países. No entendía cómo se podía desperdiciar un impacto mediático semejante para decir que no hay enemigo pequeño o que el fútbol es así. Lamentablemente nunca logró corregir este aspecto. La prueba la tenemos a diario en los informativos de radio y televisión. E incluso en la prensa escrita, que acaso debería guardarse un poco más como último refugio de la calidad de lo publicado.

Aquella tarde de Sarriá, ni Socrates ni sus compañeros pudieron enderezar la obcecación del destino. A pesar de jugar un fútbol excelso, el gran Brasil cayó víctima de un exceso de confianza y del momento de gloria de Rossi, autor de los tres goles italianos. Cuando se consumó la ‘Tragedia de Sarriá’, y al ser preguntado por un periodista a pie de césped, sudado, cansado, decepcionado, dolido, Socrates sólo supo decir: “Malo para Brasil y peor para el fútbol”.

Socrates ha muerto esta madrugada víctima de una bacteria intestinal. Él era médico. Aquella tarde de Sarriá cayó derrotado por el fútbol. Él era futbolista. Puede que al final sólo consiguiera lo que realmente más le importaba: que la democracia volviera a su país. Sin duda, el mayor éxito al que podía aspirar.

Anuncios

Acerca de Joaquín Marín D.

Periodista. Interesado por el mundo, la actualidad, las noticias, la tecnología, el deporte. Envidio a quien escribe bien. Orgulloso de mi gente. Proud father.
Esta entrada fue publicada en Actualidad, Historias. Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Socrates, un futbolista diferente

  1. Magnífico bautismo para el blog. Enhorabuena amigo.

  2. Enhorabuena, Joaquin. Qué blog tan interesante… Qué artículo tan hermoso. Tendré que engancharme porque me gustas cómo escribes y me gusta lo que escribes. Un abrazo. Rafael DE LOMA

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s