Fue en septiembre

Los septiembres son más bien eneros, sólo que templados, y te confunden en la frontera del calor que se va y el frío que aún no llega. Son inicios de todo; incluso se ha oído más de una vez que el calendario gregoriano actual es el más perfecto de los posibles, con el único fallo de que el mes nueve debería ser el uno, y el mes uno sería el cinco, al menos en el hemisferio Norte. Así se empezaría el año en verano y se acabaría en verano, no como ahora, que la vida transcurre del invierno frío de enero a la noche anticipada de diciembre; de lo oscuro a lo negro.

Como quiera que la vuelta al cole, el regreso de las vacaciones para quien tiene la suerte de trabajar, el inicio de las competiciones deportivas, el aluvión de producción literaria mundial, los coleccionables de los quioscos, el curso político, el final de las ferias populares, las inscripciones en los gimnasios, el abandono del tabaquismo, las segundas-últimas oportunidades de las parejas y el vacío de la cuenta corriente coinciden en esta época, parece razonable proponer un comienzo más cabal de la vida, y no uno confuso. Que el arranque oficioso pase a ser el oficial y los septiembres alumbren y den calor, en una tregua de luz vespertina de la que nos priva, duramente, el enero consuetudinario.

Fue en septiembre, mes de efemérides, que empecé a escribir esta reflexión semanal, hace ahora un año. A veces crítica, a veces encendida, otras indignada, también celebrante de los efluvios de la Champions, al tiempo que consciente del final de la época bravía del dinero fácil, que tan poco duró. Pero siempre con el denominador común del malaguismo, nacido también en septiembre, aunque de hace treinta años. Aquella historia, la del Málaga 6 – Real Madrid 2 de 1983, fue el tema de la primera columna de la serie que prosigue con ésta que hoy lee. En realidad ese texto llevaba escrito en mi mente casi toda mi vida, y probablemente sólo en Sur podría haberse publicado.

Fue en septiembre, el mes de los comienzos.

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Regreso a Dortmund

Había evitado hasta hace dos días ver las imágenes del partido entre el Málaga y el Borussia Dortmund después de la noche del crimen. Han pasado cinco meses, y cinco meses he huido del color avispa de las camisetas alemanas como se huye de las propias avispas. Cinco meses volviendo la mirada como el que se encuentra en la tele con la cogida de Paquirri en Pozoblanco o el accidente de Ayrton Senna en Imola. Cinco meses apartando a lo más hondo de la memoria la fotografía fija del desastre consentido por muchos árbitros ineptos. Ha sido incluso fácil mantenerlo lejos porque los recuerdos no eran en alta resolución de canal de pago, ni de una repetición mil veces vista de la cobardía de Thomson concediendo un gol que violó la regla del fuera de juego dos veces en una misma jugada, en la frontera de una semifinal de Champions. Sólo recordaba el drama del momento, tal vez difuminado por el enfado y la incredulidad. Y con el abrupto fin del sueño me negué a ver resúmenes, pasando otra triste página más de la historia del Málaga. Considerando normal un desenlace irreal, resignado a la negación de la gloria merecida. Anestesiado por la dureza del golpe.

Siempre supe que alguna vez volvería al Westfalenstadion de Dortmund la noche que ejecutaron a mi equipo. Como el fútbol lo invade todo, bastó teclear la palabra ‘Málaga’ en YouTube para que esta herramienta ofreciera un completo repaso del partido con la cornada, con el accidente, con el atraco. Y como alguna vez había que suturar la herida, cogí gasas, aguja e hilo, me olvidé de que soy aprensivo y apreté el botón. No fue una cura quirúrgica, como pensaba, sino de las de sal y alcohol, y sangró más. Sobre todo cuando vi al infame Thomson mirar a su asistente de fondo, esperando que le diera el plácet para anular aquel maldito último gol. Y cobardes los dos, uno por el otro, apretaron el gatillo del tiro de gracia. Después la UEFA alabó los arbitrajes de la Champions.

Y pensé: ¿dónde se da uno de baja de esto?

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A veces el fútbol

El fútbol tiene un componente sentimental que lo humaniza, lo acerca a su esencia y lo despoja del hediondo aroma del dinero. Diríase que su verdadero árbitro ha pasado a ser la capacidad económica de cada club, y este deporte cada vez parece más alejado de lo que realmente es: un idioma universal que igual se habla en los potreros de Rosario, en Argentina, que en la playa de La Malagueta o en una pradera del Croydon Park de Dublín. El placer de jugar y el deseo de ganar son los motivos de este juego, o al menos los niños empiezan por estos principios. Luego en seguida se muestran dispuestos a cambiarlos, como Groucho Marx, cuando algún agente o presidente lo pide, fajo en ristre.

Por suerte el fútbol brota continuamente, puro, en colegios, calles y campos, en pequeñas canchas encajadas entre edificios en cualquier ciudad. Y conserva su componente sentimental porque a veces desafía al mundo profesional y triunfa, como cuando el Hereford inglés, un equipo de aficionados con el panadero del barrio de centrocampista, eliminó al todopoderoso Newcastle de la Copa de Inglaterra en 1972, en un campito estrecho y corto, en medio del pueblo, con los vecinos colgados del techo bajo que protegía sus pequeñas gradas, mientras llovía a mares. O cuando el soldado alemán Bert Trautmann acabó jugando de portero en el Manchester City sólo cinco años después del final de la Segunda Guerra Mundial, con toda la ciudad en contra, y hoy es un mito del club por su lealtad demostrada.

A veces el fútbol se permite ser poético. Manuel Pellegrini enseña a sus nuevos futbolistas en el Manchester City vídeos del Málaga del año pasado para que interioricen su idea de juego. El City ha invertido 118 millones de euros en los cuatro fichajes más caros de Inglaterra. Pero toma como modelo a un equipo que ya no existe, que no jugará más, que es historia, desmantelado antes de ser leyenda, cuya alineación recordaremos y que nos hizo felices un día, como el Hereford a su pueblo aquella lluviosa tarde de febrero de 1972 en pleno centro de Inglaterra.

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Ghubn y la tozuda realidad

A la misma hora que Abdullah Ghubn terminaba su rueda de prensa ayer en La Rosaleda, Florentino Pérez presentaba en Madrid a Isco como la joya de futuro del fútbol español. Esta coincidencia define mejor que cualquier palabra la situación actual del Málaga, que por cierto la noche anterior había acordado con el Mónaco el traspaso de Toulalan por seis millones de euros menos de los que costó hace dos temporadas.

La realidad es tan tozuda que ni siquiera una larga rueda de prensa puede ocultar la evidencia de que el Málaga ha cambiado para siempre. El futuro nadie lo sabe y ayer Ghubn lo pintó de color rosa. Dijo que ahora sí nos vamos a divertir, que ya está todo controlado y que se inicia un camino ascendente. Como acto de fe no está mal, pero como discurso parece una broma. Porque la tozuda realidad te recuerda que en el último año se han ingresado unos 70 millones de euros por ventas de futbolistas, algunas de ellas claramente deficitarias como las de Cazorla, Joaquín o el citado Toulalan; y que sin embargo la inversión ha sido infinitamente menor, con jugadores llegados sin coste o con desembolsos en el entorno del millón de euros.

Con todo, lo verdaderamente reprochable no es el cambio de política deportiva. Si no se sigue descapitalizando el único patrimonio que tiene el club, que es la plantilla, con ventas masivas, puede quedar un equipo bueno. Ningún club del tamaño, masa social e historia del Málaga puede saltar en tres años de pelear por la permanencia a instalarse para siempre en el olimpo. Lo que no se entiende es esa prisa por deshacerse de los jugadores con más calidad sin apenas intentar sacar un buen dinero por ellos. Porque si tanta falta hace, como demuestra el club a diario, las oportunidades se están escapando.

Resulta que igual la UEFA tenía parte de razón en el asunto de los problemas económicos, aunque no en la injusta sanción. Mientras tanto, 20.000 malaguistas han culminado su peregrinación de fe y han renovado el carné, vaya a ser cierto eso de que vamos a divertirnos.

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La pena de Isco

Treinta millones de euros es una cantidad considerable de dinero. Y más aún si se compara con la racionalidad que impera fuera del alocado fútbol, donde un sueldo de mil euros se considera un lujo, hasta el punto de que el antaño peyorativo adjetivo ‘mileurista’ se ha convertido, crisis mediante, en todo un piropo. Pero treinta millones son pocos para el traspaso de Isco al Real Madrid. Una vez más los movimientos del Málaga resultan inexplicables porque no casan con el discurso que mantiene la propiedad, empeñada en seguir de espaldas a la ciudad y a la afición.

Isco no es sólo un buen jugador. Es el actual ‘Golden Boy’ de Europa, es decir, oficialmente el mejor jugador joven del continente. Acaba de asombrar al mundo entero en el europeo sub 21. Todos pudimos ver lo que hizo en la última Champions. Ha sido objeto de deseo de decenas de clubes. Iba a empezar a ser una pieza codiciada que seguramente se llevaría el mejor postor o, directamente, algún club que abonara su cláusula de rescisión de 35 millones de euros.

Si todo se confirma, el Málaga lo habrá vendido con prisas, por debajo de su precio y por supuesto por debajo de su valor, días después de decir que no era necesario traspasarlo y que si no llegaba una buena oferta no saldría. Pues para no ser necesario, ha faltado tiempo. El plazo de fichajes se cierra el 31 de agosto, dentro de dos meses y pico. Ni siquiera han dado la oportunidad a otros equipos de pelearse por Isco, algo que habría pasado con total seguridad. Da por pensar que a ningún otro club del mundo le sacan a semejante estrella por menos de lo que figura en su cláusula. Pregúntenle a los presidentes del Sevilla, el Oporto o el Tottenham, por ejemplo.

Algo no cuadra en el discurso del Málaga. Decir que Isco está bien vendido por 30 millones, que no son 30 sino 27 más 3 condicionados, es asumir la pequeñez de una ambición recortada que nunca le permitirá ser grande de verdad. Es una pena, pero es lo que hay.

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La esencia

El poder de la palabra es un buen título para un libro barato de autoayuda. De estos con tapas de colores estridentes y un subtítulo en plan ‘aprende a buscar las respuestas que necesitas para ser feliz’, o así. Pero en el fútbol, en el dichoso fútbol, el poder de la palabra es real. Y es capaz de generar respeto. O al menos, consideración. Es muy difícil saber por qué el Málaga no habla más a menudo, por qué no ocupa posiciones que le interesen o por qué no se defiende como hacen otros clubes, que saben trazar una línea tras la cual está la esencia misma de la entidad y los aficionados. Una línea infranqueable. 

El Málaga no tiene portavoz oficial. Puede que tampoco lo necesite. O puede que a partir de ahora su mejor vocero sea Bernd Schuster, el nuevo entrenador. Un tipo para el que el fútbol no tiene secretos, que dijo estar “felicísimo y orgulloso” a pesar de que la inversión de los propietarios va a descender; y que insufló optimismo a una afición que va de susto en susto cada vez que alguien, normalmente indocumentado, abre la boca sobre el futuro del club.

La rueda de prensa de ayer generó tranquilidad. Y no porque se anunciara un incremento del presupuesto; antes al contrario, éste se reducirá a menos de la mitad en relación a la última temporada. Tampoco se desvelaron fichajes ni se garantizó que se vayan a quedar las estrellas. Objetivamente, el mensaje no es positivo. Pero en el fútbol funciona el poder de la palabra y el vicepresidente Shatat reafirmó el compromiso del propietario con el club. Su discurso fue pragmático. Preguntado por Isco, no escondió la realidad de un traspaso pero puntualizó que será por una oferta satisfactoria. Tan normal, tan asumible, tan lógico. Y al fin lo dice una fuente autorizada.

Nadie le pide al Málaga que peque de charlatán en un mundo de víboras. Pero sí que mantenga un discurso, que se defienda, que se haga valer y respetar detrás de esa línea infranqueable de la esencia del club y los aficionados. Donde estamos todos.

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Socio 2.186

El martes, en plena tormenta desatada por el TAS y embravecida por las noticias de fichajes y la salida de Husillos, rebusqué en el cajón mi abono del Málaga de esta última temporada. Tenía curiosidad por saber el número que aparece, esa cifra que me asigna un pequeño lugar en la masa social del equipo. Ignoro el sistema que usa el club para otorgarlo, pero el mío es el 2.186. Como es imposible que antes de mí, que tengo 34 años, sólo haya habido 2.185 socios en la historia de la entidad, supongo que estos dígitos se cambian cada año, o se depuran con las bajas y las altas.

He tenido la suerte de ser abonado de manera ininterrumpida a lo largo de las últimas quince temporadas, a las que hay que sumar otras sueltas anteriores, de niño, cuando los carnés eran libretillas de tiques con el escudo del CD Málaga. Mi padre me los pagaba. Recuerdo también que fue mi abuelo quien me regaló el abono del año del penúltimo ascenso a Primera (98/99), con el que inicié la etapa actual, que todavía dura. Él murió apenas un mes antes del partido decisivo contra el Albacete, aquella mañana luminosa en La Rosaleda. Lloré con pena las lágrimas que él habría vertido de alegría por ver a su Málaga de nuevo entre los grandes. Y le agradecí infinitamente su regalo, y sumé su malaguismo, que era inabarcable, al mío.

Recuerdo haber cantado goles del Málaga en Tercera, contra el Cártama Estación; en Segunda B, contra el Talavera; en Segunda, contra el Sporting; en Primera, contra el Real Madrid y el Barcelona; en la UEFA, contra el Leeds United; y en la Champions, contra el Milán. Y ello gracias a mi padre y mi abuelo, que me hicieron malaguista con el ejemplo de su afición y pasión por este equipo.

Voy a tener la suerte de añadir al menos una temporada más a las quince que llevo como abonado. Me dan igual el TAS, la UEFA, Hacienda, el jeque o los fichajes. Soy el socio número 2.186 y el lunes 17 renuevo mi abono. Soy malaguista.

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